M. Cordoba
Notas Privadas Vol. 2
Notas Privadas Vol. 2
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Qué contiene
Notas Privadas 2 · los diarios íntimos de sus dos protagonistas.
Diarios de Rubi y Valeria, protagonistas de Jacaranda II.
Volviste. Eso ya me dice todo.
Rubi escribe desde el presente — desde la cama donde el sueño se vuelve real. Valeria escribe desde el recuerdo — desde un domingo que todavía le pesa en la piel.
Hay hombres que una elige con la cabeza. Y hombres que le suceden al cuerpo. Cuando son las dos cosas al mismo tiempo, no hay defensa que valga.
Eso es lo que guardan estas páginas.
Notas Privadas 2 acompaña a El Encanto de la Yara y El Juego de los Larraín. No es una novela nueva: es una puerta lateral a las escenas íntimas que quedaron respirando alrededor de Jacaranda II.
Rubi escribe desde el sueño que todavía la alcanza cuando Daniel la toca. Valeria escribe desde una tarde en la que el cuerpo entiende antes que la razón.
Es para leer sin prisa, una entrada a la vez, como quien vuelve a una habitación que ya conoce y encuentra algo que no había visto.
Este complemento acompaña a Jacaranda, especialmente a El Encanto de la Yara y El Juego de los Larraín.
▸ Leer un fragmento
FRAGMENTO DE MUESTRA:
Las 12:12 de la tarde.
Lo sé porque lo miré sin querer, de reojo, mientras él estaba de espaldas a mí.
Afuera llovía con esa fuerza que tiene la lluvia cuando decide quedarse. Habíamos planeado salir a caminar al bosque. Ya no importaba. Esteban había sacado el vino, el queso, los crackers, y en algún punto entre el primer y el tercer pase habíamos dejado de hablar de caminatas.
—¿Quieres fumar un poco? —pregunté, mostrándole el porro. Él asintió con una media sonrisa.
Fumé primero.
Él tomó el porro después, me lo pasó de regreso, y yo lo sostuve un momento antes de devolverlo. El humo era suave. La sala olía a madera y a vino y a esa cosa sin nombre que huele a domingo cuando uno no tiene que ir a ningún lado.
Al tercer pase algo cambió.
No en el cuarto. En mí.
Esteban se levantó y fue a la cocina a poner los crackers en el plato. Un gesto simple. Lo había visto hacer cosas así cien veces — moverse por una cocina, por un cuarto, por cualquier espacio — y sin embargo ahora lo miraba como si fuera la primera vez que un hombre ocupaba lugar en el mundo.
Sus manos. Esa economía de movimientos que tiene, esa forma de hacer las cosas sin hacer ceremonia. La línea de su espalda bajo la tela de la camisa. La concentración leve en su cara, esa seriedad suya que no es frialdad sino presencia — un hombre que está donde está, completamente.
No sabía que lo estaba mirando.
Eso era lo que me perdía: él no sabía.
Sentí el calor antes de entenderlo. Un calor que empezaba en el centro y bajaba, y yo apreté las piernas despacio, sin hacer ruido, como si eso ayudara. No ayudó. Me pasé los dedos por el cuello, por la clavícula, y el contacto de mi propia mano sobre mi piel me pareció insuficiente de una manera que nunca me había parecido antes.
Quería ponerle las manos encima.
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