Melocoton

La Constante

Portada de Melocotón: un detective camina bajo la lluvia frente a un cabaret iluminado en color melocotón

Melocotón

Novela corta noir · 17 minutos · M. Cordoba

Para mayores de 18 años. Contiene escenas íntimas explícitas.

Parte uno

Fumo un puro mientras espero la función. El hielo de mi copa le roba el calor a mi mano y lo dejo hacer; el frío me mantiene despierto, y despierto es como cobro.

El local huele a lo de siempre. A policías comprados sin mucho esfuerzo, a perdedores de corbata, a soñadores que viven de aparentar lo que no pagaron. Yo no vengo a soñar. Vengo a mirar. Es lo único que sé hacer bien: mirar sin que me miren, estar en una sala llena y no estar.

Esta noche miro a un hombre. Un tipo con demasiado dinero para lo poco que trabaja y demasiados amigos malos para dormir tranquilo. Alguien me paga por saber con quién bebe, a quién le sonríe, por qué puerta sale. Tiene mesa fija, junto al escenario, todas las noches. Por eso estoy aquí. Por eso voy a estar mañana, y pasado. Un trabajo aburrido. Los mejores lo son.

Entonces se apagan las luces.

Y el mundo —que hasta ese momento es gris, porque así lo veo yo, en grises sucios, ceniza y humo y nada— se rompe por un solo color.

Melocotón.

El vestido es de raso, cortado al sesgo, de esos que no se ponen: se vierten sobre el cuerpo. Ceñido en la cintura, la espalda abierta hasta donde la decencia finge ofenderse. Elegante de lejos. Una sentencia de cerca. Los labios del mismo color. Camina hasta el centro y el resto del salón se apaga sin que nadie toque una luz.

Algo salta en mí. Un segundo, no más. Como cuando entras a un cuarto a oscuras y la mano encuentra el interruptor sin buscarlo: ya estuviste aquí antes. La sensación pasa antes de que pueda nombrarla. La aparto. Yo no reconozco a nadie. Ese es mi oficio.

El trago me baja quemando como si fuera mi primera copa, en mejores tiempos.

Baila. Y yo, que llevo veinte años entrenándome para no perder de vista lo importante, pierdo de vista al hombre de la mesa.

Miro alrededor sin mover la cabeza —otra cosa que sé hacer— y veo lo mismo en cada cara. Hombres que olvidaron el nombre de su mujer. Hombres que firmarían lo que les pongan delante. Hombres que de pronto creen que todavía les queda algo de juventud, de suerte, de vida. Ella no baila para ellos. Baila como si estuviera sola y los dejara espiar, y eso los destroza más que cualquier desnudo. Un desnudo se ve y se olvida. Esto no. Esto se queda.

Es un viejo hábito, ese: contar a los hombres de una sala como se cuentan sospechosos, ponerle a cada uno su miseria. Lo hago sin pensar. Y lo malo de contarlos a todos, uno por uno, es que tarde o temprano llegas al final de la fila, y al final de la fila estás tú, con tu vaso, mirándola igual que el resto. Bajo la vista. Yo no soy de esos, me digo. Palabra por palabra, lo que se dice cada hombre de esta sala.

Yo tengo una regla. No mirar lo que pueda mirarme de vuelta. Esa noche la rompo. Ella levanta los ojos —no a mí, a nadie, al techo, a Dios— y aun así siento que me pasó la mano por la cara.

Esa misma noche cometo el error de los aficionados. El error de cada hombre de esa sala. Compro lo más caro que se consigue a esa hora —una piedra fría, de las que brillan con una luz que no es suya— y se la hago llegar al camerino en un estuche. No sé empezar de otro modo. La miré y pensé, como un idiota más, que era de las que se compran. Como si el color se vendiera.

Me la devuelve antes del último número. Un muchacho cruza el salón, deja el estuche en mi mesa sin decir palabra y se va. Cerrado. Ni lo abrió. Y ahí aprendo lo primero cierto sobre ella: las que se quedan la piedra son fáciles de leer; las que la devuelven sin abrir te obligan a empezar de nuevo. Y a mí hace años que nada me obliga a nada.

II · VIII

La segunda noche no le mando nada que brille. Le mando una nota. Las rosas —melocotón, como su boca. En la nota escribo una sola línea, sin firma:

Para la única persona de este salón que está más sola que yo.

Antes de que el muchacho la lleve, dejo el papel un momento contra el cuello de mi abrigo, donde se queda mi olor. Que las flores sean flores. Que la nota sea yo.

El mismo muchacho de anoche. Esta vez me cobra antes de llevarse las rosas; anoche no cobraba. Lo único que sube el precio de un recado es el riesgo, y el único riesgo nuevo es ella: lo regañó por andar cargando encargos de otros hombres. Le pago sin discutir. Uno no regaña lo que no le importa.

Salgo a fumar. Minutos después sale ella, con las rosas en la mano y la cara de quien no sabe si vino a devolver algo o a buscarlo. No le dije dónde encontrarme. Aquí está. Me tiende las flores. Intactas.

—No me conoces —dice.

—No.

—Entonces no sabes si estoy sola.

—No lo sé. Lo vi.

Se queda callada. Las flores cambian de mano. Pero la nota no aparece por ningún lado, y los dos lo notamos, y ninguno lo dice. Se da la vuelta y entra. Yo me quedo con el ramo y con la única certeza que importa: devolvió las flores y se guardó el papel. Las mujeres que devuelven el adorno y se quedan con la letra son las que ya leyeron la nota más de una vez.

III · VIII

La tercera noche cambio el juego. Bombones rellenos del mismo whisky que bebo, y una sola rosa melocotón. La piedra me la devolvió con un muchacho; las flores vino a devolvérmelas ella, a oscuras, en un callejón.

Esta vez viene y se sienta a mi mesa, a la luz. Eso ya es algo.

—Whisky —dice, mordiendo uno sin pedir permiso—. Rellenos de lo que tomas.

—Me ahorra presentarme.

—Un licor no es un nombre.

—Max.

—¿Max qué?

—Depende de quién pregunte.

—Es trampa. Hacer que una mujer te pruebe antes de decidir si quiere.

—Toda buena presentación lo es.

Se ríe sin querer, y se enoja consigo misma por reírse, lo cual es mejor que la risa. Deja la caja en la mesa. Le faltan dos.

—No los quiero —dice.

—Te faltan dos.

—Probar, es distinto a querer.

—En esta ciudad nadie sabe la diferencia.

Me los empuja por la mesa y se levanta. Pero antes de irse me mira. Un segundo de más. Lo justo para saber que no vino solo a devolver bombones. Lo justo para dejar una puerta sin cerrar del todo.

IV · VIII

La dejo en paz unas noches. A los hombres como yo nos enseñaron que el silencio trabaja solo.

Le mando melocotones. Frescos, nada más: ni caros ni imposibles, fruta del color de ella en una ciudad de cemento. Empecé regalándole una piedra fría; termino la semana mandando fruta. A eso, en mi oficio, lo llamamos una confesión. No está esa noche.

Y esa semana, de todas formas, no me sobra el tiempo. A mí me pagan por una cosa concreta: saber quién es de verdad el de la mesa fija y a quién le rinde cuentas. El que paga lo quiere cerrado antes del domingo, y cuando un cliente pone fecha es porque ya huele la sangre. Lo sigo tres noches. Bebe poco, sonríe mucho, y a la una en punto cruza una puerta que da a un cuarto donde el dinero cambia de dueño sin recibo. La cuarta noche hay un hombre nuevo en esa puerta, ancho como un ropero, y me deja claro con la mirada que el callejón tiene dueño. Le doy la razón. Después lo espero a la salida.

No es valiente, el ropero. Casi ninguno lo es cuando el callejón está vacío y la cosa se vuelve uno contra uno. No le pego por gusto: le pego por lo que sabe, que es distinto, aunque de afuera se vea igual. Y lo suelta —un nombre y una hora, quién entra por esa puerta el sábado y a qué—, que es justo lo que me faltaba para cerrar el encargo. Termino la madrugada lavándome los nudillos en el lavabo de un bar cerrado, con sangre que no es mía, anotando ese nombre en la libreta. El que me paga va a querer oírlo. La ciudad sigue oliendo a lluvia sucia y a monedas. Yo sigo siendo el que mira. Todo en su sitio.

Salvo que, cuando por fin me acuesto, con el sol ya colándose por la persiana, no pienso en el ropero ni en la puerta ni en el dinero sin recibo.

Pienso en ella. En el color. En la boca. La recuerdo como se recuerda la fruta fresca en una ciudad de cemento: con la sospecha de que uno no merecía algo tan vivo y se lo dieron por error. Esa semana invierto las horas sin darme cuenta. Duermo de día, como ella. Me despierto cuando ella se despierta. Mi cuerpo, que llevaba años obedeciéndome, empieza a poner su reloj en hora con el de una mujer que devolvió mis flores.

Eso debió avisarme. No me avisó.

Parte dos

El sábado entrego el nombre y la hora. El cliente paga sin regatear, que es como pagan los que ya eligieron funeral. No pregunto de quién: hace años que no pregunto. Espero lo de siempre —la limpieza del trabajo cerrado, la cuenta saldada— y llega. El sobre, en el bolsillo, pesa menos que las rosas que me devolvió.

Vuelvo esa noche. La función ha terminado, el pasillo huele a sudor y a flores muertas. La puerta del camerino está entreabierta. Entro sin tocar —otra costumbre.

Sobre el tocador queda un solo melocotón. Uno. Se comió los demás.

Y ahí, en ese detalle idiota —una mujer que devuelve rosas pero se come la fruta a escondidas— algo se me afloja en el pecho, en un sitio que creí cerrado con llave hace años.

—¿Siempre entras a los cuartos de las mujeres sin tocar?

Está en la puerta. De cerca es peor. De cerca no hay escenario, no hay luces, no hay distancia que me proteja, y el maldito color sigue ahí, en la boca, en las mejillas, como si lo llevara por dentro. De cerca huele a su propia piel y a algo más dulce que no logro ubicar. Algo salta en mí otra vez, y esta vez no alcanzo a apartarlo a tiempo.

Me acerco. Ella no retrocede, que es distinto a dejarme acercar.

—No sé qué buscas —dice.

—¿Y si no busco nada?

—Peor. Los que no buscan nada son los que más rompen.

Me dice que no. Con todo el cuerpo me dice que sí y con la boca me dice que no. Me caes mal, dicen sus ojos. No te vayas, dice todo lo demás.

Me voy. Un poco más dolido de lo que pienso admitirle a nadie, ni a mí. Pero no le creo. Yo me gano la vida sabiendo cuándo miente la gente, y ella mintió. La cuestión no es si cae. La cuestión es cómo.

VI · VIII

Vuelvo dos noches después con un plan barato y eficaz, de esos que funcionan justo porque son baratos.

No la busco. Ni la miro. Voy directo a su competencia —otra de las bailarinas, una morena de risa fácil que lleva semanas buscándome los ojos— y le doy lo que ella nunca me pidió: atención. La morena responde rápido, como sabía que iba a responder. Me río de sus chistes. Le enciendo el cigarro. Hago todo el teatro.

No tengo que esperar mucho.

Voy por otro trago y, justo entonces —siempre es justo entonces— aparece ella.

—Vaya. —Brazos cruzados, la barbilla en alto—. Primero a mí, ahora a Rita. ¿Crees que me vas a dar celos con eso?

No levanto la vista del vaso enseguida. Dejo que la pregunta se quede sola un momento en el aire, porque las preguntas que uno hace con rabia siempre dicen más de lo que uno quería decir. La cena ya está servida. Ella todavía no sabe que el plato es ella.

La miro.

—¿Quieres saber qué estoy pensando ahora mismo?

—¿Qué? —Lo dice con rabia. Pero lo pregunta.

Y el que pregunta, ya perdió.

No me acerco. No bajo la voz para que se note que la bajo. La bajo porque lo que voy a decir no necesita volumen.

—Estoy pensando que te llevaría a mi casa. Que no encendería la luz. Que te quitaría ese vestido despacio, no por caballero, sino porque quiero verte cambiar de color centímetro a centímetro, hasta abajo, donde ya no es maquillaje.

Algo en su cara se queda quieto. Sigo.

—Te besaría la boca hasta que se te olvidara qué sirve para hablar. Y después bajaría. Despacio. Por el cuello, por el centro, hasta donde ardes, y me quedaría ahí con la lengua el tiempo que hiciera falta, que contigo sería mucho, porque eres de las que aguantan por orgullo hasta que el orgullo se rinde. Y te derretirías. Te lo digo como un hecho, no como un deseo. Te derretirías, y dirías cosas que mañana negarías.

Traga. Lo veo. Sigo, y ahora viene la parte que importa.

—Después te ataría a la cama. Y te amaría. Primero despacio, hasta que me lo pidieras de otro modo, y entonces fuerte, como lo pediste. Pero no te dejaría tocarme. Ni una vez. Te tendría recibiendo todo y sin poder devolver nada, queriendo y sin poder, tomando y quedándote en falta. Te haría sentir lo único que tú no sabes sentir: deseo sin control. —Apago el cigarrillo—. Eso es lo que estoy pensando.

Silencio. Y entonces ella sonríe. Burlona. La sonrisa de quien decidió no temblar.

—Seguro —dice—. Seguro que no puedes hacer nada de eso.

Me encojo de hombros. Saco un billete, lo dejo bajo el vaso. Me levanto.

—Tú decides —digo, ya de pie, sin mirarla—. Te lo hago a ti. —Una pausa, del largo justo—. O se lo hago a Rita.

Repito el nombre como se repite un veneno: despacio, para que haga efecto. Y salgo del bar sin volverme.

No tengo que volverme. Oigo sus tacones en el adoquín antes de llegar a la esquina.

VII · VIII

Aquí debería terminar la historia como la conté. Aquí es donde el hombre gana.

No es lo que pasa.

Pasa todo lo que dije. Pasa al revés.

Es ella la que no enciende la luz. Es ella la que me empuja contra la cama con una mano abierta en el pecho, sin prisa, midiéndome, como si el que estuviera a prueba fuera yo. Me desnuda ella, prenda por prenda, como quien registra a un hombre antes de quedárselo. Y al quitarme el abrigo —de mi propio bolsillo, con dos dedos, sin dejar de mirarme— saca las esposas. Las mías. Las que uso para entregar a otros hombres a la ley.

—¿No querías que alguien no pudiera tocar? —dice.

Y me ata. A mi propia cama, con mi propio metal, las muñecas en alto, frías. El que mira queda mirado. El que ata queda atado.

Después hace conmigo, una por una, todas las cosas que prometí hacerle yo.

Me besa la boca hasta que se me olvida qué sirve para hablar. Después baja. Despacio, por el cuello, por el centro, marcando cada tramo como quien firma un trabajo bien hecho. Y cuando llega abajo no tiene prisa, que es lo peor.

Me lame. Toma mi dureza y la hunde en su boca, hasta el fondo, midiendo sin apuro cuánto aguanto. Yo, que daría lo que me queda por hundirme más y no puedo, tiro del metal —las muñecas en alto, el frío mordiéndome— y el tirón no me acerca a ella ni un dedo. Me recorre de la base a la punta con la lengua, y de pronto los dientes. No hieren. Marcan. Como si en vez de dientes me pasara fuego, y el fuego me sube por la espalda y me deja sin aire.

Levanta los ojos sin soltarme. Y lo que me deshace no es solo su boca: es que le gusta. Que me saborea sin prisa, como si yo fuera lo bueno de la noche. Sabe que estoy a un segundo de perder el control —lo nota, lo mide— y justo ahí, justo cuando el cuerpo entero se me junta para entregarse, se aparta. Despacio. Me deja al borde, temblando, con todo listo y nada que hacer. Tomando, y quedándome en falta. Exactamente lo que le prometí, devuelto mejor.

Se sube. Se sienta sobre mí sin dejarme entrar todavía. Y se quita el vestido ella, despacio, como prometí quitárselo yo —solo que las manos son las suyas y las mías siguen en alto, frías, sin llegar—. Centímetro a centímetro, hasta donde ya no es maquillaje. Justo lo que dije que quería ver. Me lo da, y me lo deja lejos. Se toca. Toda. Se recorre con las manos, se toma los pechos, los aprieta, me los ofrece —pero desde lejos, donde no llego, donde solo puedo mirar. Para mí, sabiendo que no puedo hacer nada más que verla, que es la tortura que yo inventé, vuelta contra mí. Domino el ardor como dominé siempre todo. Apretando los dientes. Quedándome quieto cuando cada músculo me pide moverme. Soy el hombre que controla. Llevo veinte años siéndolo.

Y dura hasta que ella se confía. Se inclina a besarme el pecho, segura de que el metal me tiene quieto, y al inclinarse abre las piernas y sube apenas las caderas para acomodarse mejor. Me deja el camino. No lo sabe, pero me lo deja.

No decido lo que pasa después. Eso es lo importante. No lo decido.

Mi cuerpo empuja antes que mi cabeza alcance a mandar. Entro de golpe. No como quien toma. Como quien se entrega mal, tarde, sin permiso de sí mismo. De abajo, donde no me espera, con fuerza, sin estrategia, sin plan. El empujón la lanza contra mí y eso mismo me abre el espacio para volver a entrar, y vuelvo, y otra vez, con un ritmo que no elegí pero que ya no suelto. Ella se queda sin aire. No se aparta: se agarra, busca solo sostenerse para recibirme sin que el golpe la saque de sitio. Por primera vez en veinte años el cuerpo se me adelanta a la cabeza y ya no hay nadie controlando nada en este cuarto. Y entonces, justo cuando creía que ese era mi momento de ganar, se rompe ella también y se aferra a mi pecho con las dos manos, las uñas adentro, y deja de actuar, y deja de medir, y empieza a tomarme desde adentro con un hambre que ya no es teatro de nadie.

Me recibe con gemidos. Después con gritos. Yo, atado, sin manos, sin trucos, sin frases ingeniosas, no me canso, no quiero parar, el cuerpo me responde como no me respondía hace años y solo sabe una cosa, una sola, con una claridad que me da miedo: la quiero. La quiero mía. No esta noche. Mía.

Eso es lo que no vi venir.

Yo quedo atado a lo que prometí.
Ella queda atrapada en lo que vino a devolverme.

La promesa nos alcanza a los dos.

VIII · VIII

Después no hablamos. No hay nada que un hombre pueda decir después de eso sin estropearlo.

Ella se queda sobre mi pecho. No me suelta las muñecas; se le olvidan, o no quiere, da igual. Las esposas siguen ahí, frías, mías, y yo sigo sin poder rodearla con los brazos, que es la única cosa que mi cuerpo quiere hacer en el mundo y la única que no le dejan.

Y entonces ella levanta la cara, me mira como quien por fin perdió todas las máscaras de golpe, y me besa. Despacio. Sin pelea. Un beso que no toma nada y lo da todo, justo lo contrario de cómo empezó la noche.

Y yo, atado a mi propia cama, y una mujer con labios de melocotón durmiéndose sobre mi pecho, pienso una sola cosa antes de cerrar los ojos:

Esto no debería estar pasándome.

Y sin embargo la reconozco.

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