El Fruto de la Discordia · Muestra gratis

Jacaranda · Muestra gratis

El Fruto de la Discordia

Los primeros cinco capítulos · 33 minutos · M. Cordoba

Para mayores de 18 años. Esta muestra contiene una escena íntima.

Capítulo 1 de 5

UNO

~2 min de lectura

Frida estaba sentada en su trono cuando vio a dos de sus soldados tocarse.

Acababan de regresar de una misión. Estaban sucias, cansadas, con cortes en los brazos. Pero sonreían.

Una de ellas puso su mano en el hombro de la otra. La otra se apoyó contra ella. Un gesto simple. Casual.

Frida apartó la mirada.

Sus manos descansaban en los brazos del trono. Solas. Siempre solas.

Una vez, años atrás, había intentado tocar a una de sus doncellas. Solo un roce. La joven gritó. La piel de su brazo se enrojeció instantáneamente. La marca tardó semanas en sanar.

Frida nunca volvió a intentarlo.

Se levantó del trono. Salió del salón. Necesitaba aire.

Afuera, el cielo de Fénix ardía en el naranja de siempre. Frida se apoyó en la baranda y miró sus manos.

Diez años atrás habían sido manos como las de cualquiera.

Ese día había caminado hacia el río de lava con las mujeres de Fénix observando en silencio. Algunas rezaban. Otras lloraban.

El calor golpeaba su rostro como puños. El aire temblaba. La lava fluía lenta, espesa, como sangre del planeta.

Respiró hondo.

Dio un paso adelante.

El primer pie tocó la lava. El dolor fue instantáneo. Mil agujas atravesaron su piel. Cerró los ojos. Apretó los dientes. No gritó.

El segundo pie.

La lava se arremolinó alrededor de sus tobillos. Luego subió. Cubrió sus piernas, su torso, sus brazos. El mundo se volvió rojo.

Cuando abrió los ojos, estaba envuelta en llamas.

Pero no ardía.

Las llamas danzaban sobre su piel. Rojas y doradas, como el sol del amanecer. La multitud gritó. Algunas cayeron de rodillas.

Frida salió del río. Sus pies dejaban huellas de fuego en la roca.

Era la nueva reina.

Nadie le dijo lo que costaba. Quizás nadie lo sabía todavía.

Frida cerró las manos sobre la baranda. La piedra se calentó bajo sus palmas.

Las reinas Fénix no envejecen mientras su fuego arde. Pero todo fuego, incluso el sagrado, un día decide apagarse.

DOS

~8 min de lectura

Allí donde terminaban los mundos y comenzaba el vacío, Drake observaba.

No desde su trono. No rodeado de cortesanos. Solo, en el borde de un acantilado que daba a la nada, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Había pasado tres siglos así. Mirando. Esperando. Sintiendo cómo los días se fundían unos con otros hasta convertirse en una masa gris e indistinguible.

Cerró los ojos. Intentó recordar la última vez que algo le había importado de verdad.

No pudo.

Abrió la mano. Vacía. Siempre vacía. Hacía décadas que había probado la última ambrosía—un solo bocado que alguien compartió con él en un mundo que ya ni recordaba. El sabor: dulce como miel salvaje, con un toque ácido al final que hacía que cada terminación nerviosa despertara. Por un tiempo—imposible medir cuánto, quizás minutos, quizás horas—había sentido de verdad. Había querido cosas. Había estado vivo. Y cuando el efecto pasó, la sensación quedó grabada en su cuerpo como una cicatriz luminosa que aún podía sentir al cerrar los ojos.

Cerró el puño.

Drake miró hacia el vacío. Luego, más allá. Hacia dos planetas que giraban en sincronía perfecta.

Dakota y Fénix.

Había oído los rumores. Un árbol. Una fruta dorada. Ambrosía.

Se puso de pie.

Dakota era un planeta de ríos claros y cielos azules inagotables. Las mujeres que lo gobernaban eran guerreras y estrategas, pero, sobre todo guardianas. En el centro de su capital se alzaba el Árbol Sagrado.

Un jacaranda de tronco retorcido y corteza grisácea, con ramas que se extendían como venas hacia el cielo. Cada cien años daba un solo fruto: la ambrosía. Piel dorada y tensa, con esa tersura húmeda que invita a hundirle los dientes sin ceremonia. Olía a miel de abejas salvajes, y quien se acercaba lo suficiente podía escuchar—o quizás solo imaginar que escuchaba—un zumbido leve, como el de un panal oculto en el interior de la pulpa.

Nerea, líder de Dakota, la había probado una vez. Hacía décadas.

Su madre estaba frente a ella. Viva. Real. No una visión—una presencia. Nerea podía oler su perfume, sentir el calor de su piel cuando la abrazó. Escuchó su risa, esa que llevaba años tratando de recordar sin éxito. Y hubo risas. Comida compartida. Palabras dichas. Tiempo juntas.

Luego, tan gradual como había llegado, el efecto se disipó. Como despertar de un sueño hacia la realidad más dura. Su madre seguía muerta.

Sin embargo, cuando cerraba los ojos, aún podía sentir el apretón de aquella mano y escuchar aquella risa.

Por eso la ambrosía era sagrada. No te daba inmortalidad. Te daba la posibilidad de vivir—realmente vivir—lo que más deseabas. Y esa memoria quedaba grabada para siempre.

Y por eso Nerea sabía que cuando Drake apareciera—porque aparecería, los rumores viajaban rápido—la respuesta sería no.

Drake llegó sin previo aviso.

Nerea estaba cenando sola cuando lo vio. Sentado en la silla frente a ella. Como si siempre hubiera estado ahí.

Dejó el tenedor.

—¿A qué debo tu visita?

Él sonrió. Esa sonrisa que ella recordaba demasiado bien. La misma que usaba cuando quería algo.

—¿No puedo visitar a una vieja amiga?

—No somos amigos.

—Amantes, entonces.

—Eso fue hace mucho.

Drake se recostó en la silla. La estudió. Nerea mantuvo la mirada firme. No iba a darle el gusto de parecer nerviosa.

—Tienes algo que quiero —dijo él.

—Siempre quieres algo.

—La ambrosía.

Ahí estaba. Sus manos encontraron el borde de la mesa. No recordó haberlas movido.

—No.

—Ni siquiera te he pedido nada todavía.

—No importa qué pidas. La respuesta es no.

Drake dejó de sonreír. Se inclinó hacia adelante.

—Solo quiero una. Una fruta. Eso es todo.

—Ese árbol da una fruta cada cien años. Una. ¿Entiendes lo que significa eso?

Drake cerró los puños sobre la mesa. Nerea vio cómo sus nudillos se ponían blancos.

—He esperado décadas para encontrar más ambrosía —dijo él, como si discutiera el precio de algo en un mercado—. Y no voy a dejar que una mortal me diga que no puedo tenerla.

Se puso de pie. Caminó alrededor de la mesa. Lento. Como un depredador rodeando a su presa.

—Dakota es el único lugar donde aún existe —continuó—. Y eso significa que tú eres el único obstáculo entre yo y lo que quiero.

Se le heló la base del cuello.

—Eso suena a amenaza.

Drake sonrió. No había calidez en esa sonrisa.

—No amenazo, Nerea. Informo.

Levantó su mano.

Nerea retrocedió. Esperando fuego. Esperando dolor.

Pero Drake solo chasqueó los dedos.

El mundo cambió.

La habitación desapareció. Las paredes. El techo.

Nerea estaba de pie en el centro de Dakota. Su ciudad. Pero ardiendo.

Llamas devoraban los edificios. Gritos llenaban el aire. Cuerpos en las calles. Niños llorando sobre cadáveres.

Y en el centro, el Árbol Sagrado.

Ardiendo.

Su corteza grisácea ennegrecida. Sus ramas retorciéndose. El fruto dorado—la ambrosía—cayendo, pudriéndose antes de tocar el suelo.

Nerea cayó de rodillas.

—No... no...

Corrió hacia el árbol. Sus manos tocaron la corteza. Quemándose. Pero no le importó.

—¡No! ¡Por favor!

Una niña corrió frente a ella. Gritando.

Nerea extendió los brazos. La niña la atravesó como un fantasma.

No era real.

Pero se sentía real.

El calor. El humo. El olor a carne quemada. El crujido de la madera al ceder.

—Para —susurró Nerea—. Para, por favor...

Drake apareció a su lado. Observando la destrucción con la indiferencia de quien observa lluvia.

—Esto es lo que pasa —dijo simplemente— cuando me niegas lo que quiero.

Caminó entre las llamas. Tocó el árbol moribundo.

—Segundos. Solo me toma segundos borrar todo lo que amas.

Se dio la vuelta. La miró directamente.

—Tu pueblo. Tu árbol. Tus recuerdos. Todo puede desaparecer antes de que termines de parpadear.

Nerea temblaba. Las lágrimas corrían por su cara sin que las llamara.

—Eres un monstruo.

—Sí. —Drake se acercó—. Pero soy un monstruo que está siendo razonable.

Señaló el árbol ardiendo.

—Solo quiero la fruta. Una. ¿Ves lo fácil que es? ¿Comparado con esto?

Chasqueó los dedos.

El mundo volvió. La habitación. Las paredes intactas. Silencio.

Nerea estaba de rodillas en el suelo de madera. Temblando. Sudando. El olor a humo aún en su nariz aunque nada había ardido.

Drake se inclinó. Habló en su oído.

—Te doy dos días para consultar con tu gente. Luego enviaré a alguien por tu respuesta.

Se enderezó. Caminó hacia la puerta.

Se detuvo en el umbral. Sin voltear.

—Y Nerea... esto que acabas de ver no fue una amenaza. Fue una profecía. Lo único que decides es si se cumple o no.

Desapareció.

Nerea se quedó ahí. De rodillas. Temblando. Miró sus manos. No estaban quemadas. Pero aún sentía el calor del árbol agonizante bajo sus palmas.

Se puso de pie. Tambaleándose.

Caminó a la ventana. El árbol brillaba en la distancia. Intacto. Hermoso.

Se dio la vuelta y salió corriendo.

El salón central estaba lleno. Nerea había convocado a todos los líderes de Dakota. Les explicó la situación. Les contó sobre Drake, sobre la amenaza, sobre la ambrosía.

Se hizo un silencio pesado.

—No le daremos la ambrosía —dijo una de las comandantes. Era mayor, con cicatrices que le cruzaban el rostro—. La fruta es sagrada. Si le quitamos el fruto al árbol antes de que madure, lo mataremos. Y sin el árbol, Dakota muere.

—Drake no va a aceptar un no como respuesta —dijo Nerea.

—Entonces iremos a la guerra.

Nerea miró alrededor de la sala. Vio rostros tensos. Mandíbulas apretadas. Manos sobre las armas.

Su pueblo estaba dispuesto a morir por ese árbol.

Asintió.

—Preparen las defensas. Tenemos dos días.

Dos días después, el cielo se oscureció.

Nerea alzó la vista. Una sombra enorme cruzaba el sol. Un halcón de obsidiana descendía, sus alas tan negras que parecían absorber la luz. Sobre él, un hechicero.

Piel canela. Ojos dorados. Túnica que ondeaba con viento que no existía.

El halcón aterrizó frente a Nerea. El hechicero no se bajó. La miró desde arriba.

—¿Cuál es tu respuesta?

Nerea dio un paso adelante. A su alrededor, sus soldados desenfundaron sus armas. El sonido del metal resonó en el silencio.

—No.

El hechicero parpadeó. Como si no hubiera escuchado bien.

—¿No?

—No.

Por un momento, no pasó nada. Luego el hechicero sonrió. Una sonrisa fría que no llegó a sus ojos.

—Entonces prepárense para la guerra.

Miró alrededor. Vio a una soldado, parada entre las filas. La señaló.

—Tú. La que tiembla… Ven aquí.

—¡No! —Nerea dio un paso adelante—. Ella no tiene nada que ver con esto.

El hechicero sonrió.

—Exactamente.

Levantó una mano. El halcón abrió sus alas. Un rayo oscuro se disparó—no hacia las soldados, sino hacia un edificio detrás de ellas.

El almacén de suministros estalló en llamas. Las mujeres gritaron. Algunas corrieron hacia el fuego.

El hechicero observó, impasible.

—Drake me envió con un mensaje: cualquier cosa que ustedes valoren puede arder. No solo sus edificios. Sus cosechas. Sus hogares. Sus familias.

Miró directamente a Nerea.

—Tienen dos días más para reconsiderar. De lo contrario, la próxima vez no será un almacén vacío.

El halcón se elevó. Desapareció en el cielo.

Cuando el polvo se asentó, Nerea vio el almacén ardiendo. Sus soldados formaban cadenas de agua, intentando controlar el fuego.

Nerea apretó los dientes.

Drake no solo quería la ambrosía. Quería que supieran que estaban a su merced.

TRES

~6 min de lectura

El desierto olía a polvo y metal caliente.

Nerea caminaba entre sus tropas. Revisaba armas, verificaba posiciones, asentía cuando alguien le informaba algo. Frente a cada soldado se detenía un segundo más de lo necesario.

Pasó junto a una soldado joven. No tendría más de veinte años. Estaba sentada en una roca, limpiando su rifle láser por tercera vez. Sus manos temblaban.

—¿Primera batalla?

—Sí, mi señora.

—¿Cómo te llamas?

—Kira.

Nerea se sentó a su lado.

—Yo también temblaba en mi primera batalla.

Kira parpadeó.

—¿Usted?

—Todos lo hacemos. —Nerea señaló el rifle—. Pero cuando empiece, no vas a pensar. Solo vas a hacer lo que te entrenamos para hacer. Confía en eso.

Kira asintió. Sus manos dejaron de temblar.

El aire cambió.

Un zumbido bajo, casi imperceptible, hizo que todas las soldados levantaran la vista. El cielo se oscureció. No con nubes. Con sombras.

Del horizonte emergieron figuras. Enormes. Gigantes de roca y arena que hacían temblar el suelo con cada paso. Debían medir seis metros de altura. Sus puños eran del tamaño de vehículos.

—¡Formación triangular! —gritó Nerea.

Sus tropas se movieron como un solo organismo. Los láseres buscaron las articulaciones. Rodillas, codos, cuello. La roca crujía y los colosos se tambaleaban.

Uno a uno, cayeron.

El aire quedó lleno de polvo, humo y olor a piedra quemada. Nerea escupió arena. Miró alrededor. Sus tropas estaban de pie. Los gigantes, no. Kira, desde su posición, ya no temblaba.

Desde el cielo, el hechicero observaba. Descendió.

El halcón aterrizó frente a Nerea. El hechicero se bajó. Caminó hacia ella.

—Impresionante —dijo. Su voz no sonaba quebrada. Sonaba... divertida—. Drake estará encantado de saber que ustedes pueden pelear.

Nerea frunció el ceño.

—¿Encantado?

—Por supuesto. Esto fue una prueba. ¿De verdad creíste que Drake enviaría todo su poder desde el inicio? —Rio—. Mortales. Siempre tan... optimistas.

El calor del desierto no llegó a sus pies.

—Acabas de derrotar a sus soldados más débiles —continuó el hechicero—. Felicidades. Pero lo que viene ahora...

No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.

Metió la mano en su túnica sin bajar la vista. Como si supiera de memoria dónde estaba cada cosa. Sacó algo. Una figura pequeña, del tamaño de su puño. Un hombre de piedra. Pero no era roca común. Brillaba. Cristalina. Diamantina.

La colocó en el suelo. Dio un paso atrás. Levantó su mano y susurró algo.

La figura creció. En segundos, se convirtió en un hombre de piedra. Su cuerpo resplandecía bajo el sol del desierto.

—Dispara —dijo el hechicero.

Nerea alzó su mano. Una soldado disparó su láser.

El rayo rebotó en la piedra diamantina. No dejó ni una marca.

El hechicero sonrió. Pero no era una sonrisa de victoria. Era una sonrisa de alguien que sabe que va a hacer daño.

—La próxima vez —dijo—, no traeré gigantes. Traeré un ejército de estos.

Chasqueó los dedos. El hombre de piedra se redujo nuevamente a una figura pequeña. El hechicero la guardó.

—Prepárate, Nerea.

Se subió al halcón. El ave extendió sus alas. Un rayo oscuro iluminó el cielo. Desaparecieron.

Una comandante se acercó.

—Ganamos.

—Sí —dijo Nerea. Pero no sonó como una victoria.

La comandante frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Viste esa piedra. Nuestras armas no le hicieron nada.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Nerea respiró profundo. Miró hacia el este, donde el planeta Fénix brillaba en el cielo.

—Necesitamos fuego. Fuego sagrado. El único que puede quemar diamante.

—Las Fénix.

Nerea asintió.

—Prepara una nave. Salimos mañana.

Cuando Nerea llegó al palacio de Fénix, Frida la estaba esperando.

No había celebración. No había danza. Solo Frida, de pie en el centro del salón, con los brazos cruzados.

—Nerea —dijo—. Vienes con malas noticias.

No era una pregunta.

Nerea asintió.

—Necesito tu ayuda.

—¿El dios?

—Sí.

Frida se sentó en los escalones que llevaban al trono. Le hizo una seña a Nerea para que se sentara a su lado.

Nerea lo hizo.

—Cuéntame todo.

Nerea le explicó. Drake. La ambrosía. Las batallas. Los gigantes. Y luego, la piedra diamantina.

—Nuestras armas no funcionan —dijo Nerea—. Pero el fuego sagrado...

—Puede quemar diamante —terminó Frida.

—Sí.

Frida miró hacia el techo. Pensó. Luego asintió.

—Está bien. Iremos.

—¿En serio?

Frida la miró.

—¿Esperabas que dijera que no?

—Esperaba... más resistencia.

Frida sonrió. Pero no era una sonrisa feliz.

Miró sus manos.

—Nerea, llevo diez años sin tocar a nadie. Sin sentir piel contra piel. —Se levantó—. Si voy a arder sola, al menos que sea en una batalla que importe.

Nerea no supo qué decir.

Frida se alejó unos pasos. Luego se detuvo.

—Pero tengo una condición. Yo lidero.

—¿Qué?

—Mis guerreras. Tus soldados. Todos bajo mis órdenes en el campo de batalla.

Nerea frunció el ceño.

—¿Por qué tú?

—Porque solo nosotras tenemos el fuego sagrado. Porque conozco a mis guerreras mejor que nadie. —Frida se dio la vuelta—. Y porque si les voy a pedir que mueran, voy a estar al frente con ellas.

Nerea la estudió. Luego asintió.

—De acuerdo.

—Bien. —Frida caminó hacia la salida—. Partimos mañana.

Las Mujeres Fuego llegaron a Dakota al día siguiente.

Frida se reunió con sus comandantes. Trazaron estrategias. Revisaron mapas. Prepararon armas.

Desde el otro lado del patio, Lara la observaba. Siempre la tenía en la mira. Siempre.

Tenía diecisiete años el día que Frida caminó al río. Frida, veintisiete.

Había pasado meses buscando excusas para cruzarse con ella en el mercado. Para sentarse cerca en las cenas. Para ofrecerse como sparring cuando Frida entrenaba.

Frida siempre sonreía. Amable. Cálida.

Nunca vio lo que Lara sentía.

Cuando anunciaron que Frida caminaría al río, Lara quiso gritar. Quiso suplicarle que no lo hiciera. Que se quedara.

Pero se quedó en silencio. Viendo cómo Frida se quitaba las sandalias.

Rezó. A cualquier dios que escuchara. Que el fuego la rechazara. Que volviera. Que siguiera siendo de carne y hueso.

Luego escuchó los gritos. Frida salía del río envuelta en llamas. Viva. Transformada.

Hermosa.

E inalcanzable.

Ese día Lara entendió que había perdido algo que nunca tuvo.

Ahora la veía inclinada sobre los mapas, dando órdenes, y sabía exactamente cuántos pasos de distancia había entre las dos. Siempre lo sabía.

Volvió al trabajo.

Como siempre.

Esa noche, Frida no pudo dormir.

Salió al balcón. Miró el desierto a lo lejos. Mañana, estarían allí.

Cerró los ojos. Respiró hondo.

Mañana.

CUATRO

~11 min de lectura

Drake estaba sentado en su trono cuando el hechicero entró.

No llamó. No pidió permiso. Simplemente apareció, temblando, con la cabeza baja.

Drake lo miró. Esperó.

—Las Dakota destruyeron a los gigantes —dijo el hechicero—. Y las Fénix se han unido a la guerra.

Drake no se movió. Durante cinco segundos, no dijo nada. Luego se inclinó hacia adelante.

—¿Perdiste?

—Sí, mi señor.

—Contra mortales.

—Sí, mi señor.

Drake se puso de pie. Caminó hacia el hechicero. Se detuvo frente a él.

El hechicero se arrodilló.

—Por favor, mi señor. Déjeme explicar. Las Fénix son... diferentes. Su reina caminó dentro de un río de lava y salió viva. Dicen que el fuego sagrado le obedece.

—El fuego sagrado no obedece a los mortales. —Drake lo interrumpió. Su voz era baja. Peligrosa—. Obedece a los dioses.

—Yo solo repito lo que dicen, mi señor.

Drake estudió al hechicero. Vio el sudor en su frente. El temblor en sus manos. Este hombre había luchado en cientos de batallas. Y ahora temblaba.

Por primera vez en siglos, Drake sintió algo parecido a la curiosidad.

—Sael —dijo—. Prepara el ejército de diamante. Esta vez iré yo mismo.

Sael alzó la vista, sorprendido.

—¿Usted, mi señor?

—Pero nadie debe saber que estoy allí. ¿Entendido?

—Sí, mi señor.

Drake se dio la vuelta. Miró por la ventana hacia el vacío. Una mortal a la que el fuego sagrado obedecía. Quería verla. Solo eso. Ver si era real o solo otra exageración.

El hechicero llegó al atardecer.

El cielo estaba teñido de naranja y rojo cuando aparecieron. Torbellinos de arena. Figuras que brillaban bajo la luz moribunda del sol. Hombres de piedra diamantina. Cientos.

Las Dakota retrocedieron. Sus armas no servían contra eso.

Pero las Mujeres Fuego dieron un paso adelante.

Desde una meseta, escondido en las sombras, Drake observaba. Invisible. Silencioso.

Esperó.

Entonces la vio.

Una figura caminó al frente de las líneas Fénix. Se detuvo.

Alas de fuego brotaron de su espalda. No eran físicas. Eran llamas puras, moldeadas por su voluntad. Batió las alas una vez. Se elevó.

Voló sobre el desierto y descendió en medio del ejército de diamante. Tocó el suelo con una mano.

Del suelo brotó una plataforma de roca. En su centro, una barra de roca derretida que brillaba roja por el calor.

La mujer se aferró a la barra.

Drake se inclinó hacia adelante.

Ella se encendió.

Llamas rojas y doradas envolvieron su cuerpo. No la quemaban. Danzaban con ella.

Luego comenzó a moverse.

El primer giro fue lento. Deliberado. Se envolvió alrededor de la barra, su cuerpo arqueándose hacia atrás hasta que su cabello casi tocaba el suelo.

Algo en su pecho se apretó. No reconoció la sensación hasta que fue demasiado tarde para ignorarla.

No era solo una danza. Era un lenguaje que su cuerpo entendía sin necesitar traducción. Cada movimiento fluía al siguiente con una gracia imposible. Subió por la barra. Las llamas la seguían como amantes devotos.

Entonces lo vio.

El momento.

Frida giró una vez más alrededor de la barra. En el punto más alto del giro, echó la cabeza hacia atrás. Su garganta quedó expuesta. El fuego se concentró en sus manos extendidas, y por un segundo—solo un segundo—su cuerpo formó un arco perfecto. Vulnerable y poderoso a la vez.

No podía apartar la mirada de esa curva. De la línea de su cuello. De la forma en que el fuego respondía al más mínimo movimiento de sus dedos, como si cada llama esperara su permiso para existir.

Abajo, los soldados de diamante se detuvieron.

Uno dio un paso hacia ella.

Luego otro.

Luego todos.

Drake apenas los notó. Su atención estaba clavada en ella. En la forma en que giraba. En cómo sus manos comandaban el fuego con gestos tan sutiles que casi se perdían, pero el fuego obedecía. Siempre obedecía.

Su respiración se volvió más pesada.

Había visto miles de batallas. Cientos de guerreros. Mujeres hermosas en todos los rincones del universo.

Pero esto...

Frida no peleaba con el fuego. No lo controlaba. Bailaba con él. Y el fuego—ese fuego sagrado que se suponía no debía responder a nadie excepto a los dioses—la seguía como si ella fuera su origen.

Las manos de Drake se cerraron en puños.

Un soldado de diamante dejó caer su arma. Otro tropezó. Todos caminaban hacia la barra. Como él quería caminar. Como cada célula de su cuerpo le gritaba que se acercara.

Desde el otro extremo del campo, Nerea también los veía avanzar. No podía mirar a Frida directamente, pero sí a los soldados. Y lo que vio la heló.

Marchaban como sonámbulos. Sin voluntad. Sin conciencia. Solo... atraídos.

—Dioses —susurró una comandante a su lado—. ¿Qué está haciendo?

—Cazando —respondió Nerea.

Drake apretó los dientes. Se obligó a quedarse quieto.

Pero no podía apartar la mirada.

Ella giró una vez más. Esta vez, más rápido. El fuego se extendió desde sus manos como alas. Sus piernas se envolvieron alrededor de la barra. Se sostuvo solo con la fuerza de sus muslos, dejando que su torso colgara hacia atrás, sus brazos extendidos hacia el suelo.

El cabello le caía en cascada. Las llamas iluminaban su rostro desde abajo, creando sombras que la hacían parecer tanto mortal como divina.

Hermosa.

No. Más que eso.

Magnífica.

Y entonces ella levantó las manos.

El fuego estalló.

No fue una explosión. Fue una ola. Una pared de llamas rojas y doradas que se extendió desde ella en todas direcciones. El calor fue tan intenso que la arena se convirtió en vidrio. Los soldados de diamante no tuvieron tiempo de reaccionar.

El fuego los engulló.

El diamante se derritió. Las figuras se desmoronaron. En segundos, no quedó nada más que polvo y ceniza.

Drake se quedó inmóvil.

Acababa de ver a una mortal destruir un ejército entero.

Sola.

No con tecnología. No con magia prestada. Con fuego puro. Con su cuerpo. Con una danza que había grabado cada movimiento en la memoria de Drake como si hubiera sido marcada a fuego.

No podía dejar de verla. Ni siquiera ahora que la danza había terminado. Su mente repetía el momento donde había echado la cabeza hacia atrás. Esa curva. Esa garganta expuesta.

Vulnerable.

Poderosa.

Suya.

El pensamiento llegó sin permiso. Pero una vez allí, no se fue.

Abajo, el hechicero estaba de rodillas en la arena.

No recordaba haberse arrodillado. No recordaba nada excepto... la danza. Las llamas. La necesidad de acercarse.

Levantó la vista. Sus soldados—lo que quedaba de ellos—estaban dispersos, confundidos, sin líder.

En lo alto de la barra, Frida formó tres esferas doradas.

Lara reconoció el patrón inmediatamente. Ataque final.

—¡Guerreras Fénix! —gritó—. ¡Exterminen a los restantes! ¡Nuestra reina va tras el hechicero!

Las mujeres se lanzaron al ataque.

Desde arriba, Frida vio al hechicero. Estaba lejos, pero lo distinguió. Formó un arco de fuego. Disparó una flecha. La flecha voló directo hacia él.

Entonces alguien la atrapó.

Una mano apareció de la nada. Cerró los dedos alrededor de la flecha de fuego. La redujo a humo.

Frida se congeló.

—¿Qué...?

Disparó otra flecha.

La mano la atrapó. Esta vez, no la destruyó pero la lanzó de vuelta.

Frida la esquivó. Apenas. La flecha le cortó el brazo izquierdo. El dolor fue instantáneo. Miró su brazo. Sangre. No había sangrado en una batalla en años.

Pánico.

La barra que le había dado ventaja ahora era una trampa, debía huir y replantear su estrategia. Levantó su brazo herido. Creó destellos rojos. Intermitentes. Tres veces.

Retirada de emergencia.

—¡Retirada inmediata! —escuchó a Lara gritar abajo.

Frida invocó sus alas de fuego. Batió las alas y se lanzó al cielo. Voló tan rápido como pudo. Entonces él apareció a su lado. Un destello de luz. Una figura. Un hombre.

El extendió la mano.

El golpe la sacó del aire. Cayó y golpeó la montaña. La roca no cedió. Su cuerpo sí.

Cayó al suelo. El dolor explotó en su espalda, sus costillas, su brazo. Intentó levantarse. Sus manos buscaron apoyo en las rocas. Temblaban. Intentó invocar fuego.

Nada. Solo chispas que morían antes de nacer.

El aire se volvió más denso, más cálido. Como si alguien hubiera encendido un horno invisible a su alrededor.

Frida se congeló. Él estaba detrás de ella.

No necesitaba mirarlo para saberlo. Cada terminación nerviosa en su cuerpo le gritaba: peligro. Huye. Pero sus piernas no respondían.

Entonces lo sintió.

Dedos. En su rostro.

Frida dejó de respirar.

Diez años. Diez años sin que nadie la tocara. Diez años viendo sus manos quemar todo ser vivo que rozaban. Y ahora... Los dedos se deslizaron por su mejilla. Suaves. Cálidos.

No se quemaban.

Algo se apagó bajo su piel. El fuego que siempre se encendía al primer contacto permanecía quieto.

Sus dedos trazaron la línea de su mandíbula. Lentos. Como si estuviera memorizando cada curva, cada ángulo. No era un toque casual. Era... exploración. Posesión.

Drake acercó su rostro. Su aliento rozó la curva de su cuello y subió hasta perderse en su cabello.

El corazón de Frida latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo. Su piel ardía donde él la tocaba. No con dolor. Con... algo más. Una quemazón diferente. Como si su cuerpo, acostumbrado a la distancia forzada, no supiera cómo procesar contacto.

Y Drake lo sentía.

Su piel no solo estaba caliente. Vibraba bajo sus dedos. Como si miles de llamas diminutas danzaran justo bajo la superficie, contenidas, esperando.

Fascinante.

En milenios, nada lo había quemado. Pero esto... esto era diferente. No era dolor. Pero casi. Una línea tan fina entre placer y quemazón que no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Drake deslizó sus dedos más despacio. Probando. Explorando. Cada centímetro de piel era un descubrimiento.

Ella temblaba bajo su toque.

Drake deslizó sus manos hacia sus hombros. Las cerró con firmeza.

La giró.

Frida lo miró.

Había visto hombres hermosos antes. Comandantes. Guerreros. Pero eran sus ojos los que la detuvieron.

Oscuros como el vacío entre estrellas. Y dentro de ellos ardía algo que la miraba como si fuera la única cosa real en ese campo de batalla.

Frida sintió sus rodillas debilitarse.

No era solo su belleza. Era el poder que emanaba de él. La certeza absoluta en cada movimiento. La forma en que la miraba, como si ya supiera todos sus secretos y estuviera decidiendo cuáles explorar primero.

Drake levantó una mano y la llevó a su cuello. Sus dedos se cerraron alrededor de su garganta. No apretó. Solo... sostuvo.

Frida tragó saliva. Sintió el movimiento contra su palma.

Los ojos de Drake se oscurecieron más. Una sombra cruzó por ellos, transformándolos en pozos sin fondo.

—Habla —su voz era baja, áspera—. ¿Quién eres?

Pero Frida apenas escuchó las palabras. Estaba demasiado ocupada sintiendo.

Sintiendo sus dedos en su garganta. Sintiendo el calor que irradiaba de su cuerpo. Sintiendo cómo su propia piel ardía bajo su toque, no para lastimarlo a él, sino... ardía de una forma que la hacía querer acercarse más.

Diez años de manos vacías. Y ahora este hombre la tocaba como si tuviera todo el derecho del mundo.

Terror. Eso era lo que debía sentir.

Pero mezclado con el terror había algo más. Algo peligroso que susurraba: más.

Drake inclinó la cabeza. Sus ojos recorrieron su rostro. Se detuvieron en sus labios.

Por un segundo—solo un segundo—Frida pensó que iba a besarla.

Su pulso saltó. La respiración se le cortó.

Entonces la sombra en los ojos de Drake se profundizó. Se volvió amenazante.

Y el hechizo se rompió.

Miedo puro inundó a Frida.

—Habla —dijo—. ¿Quién eres?

Frida sintió terror puro y empujó.

De sus palmas brotó fuego. Una esfera. Dorada y roja. Lo golpeó en el pecho.

Él voló hacia atrás. Golpeó las rocas y cayó. Frida no esperó. Desplegó sus alas. Batió. Voló. Se alejó lo más rápido que pudo.

Drake se levantó del suelo. Miró hacia el cielo. Ella ya había desaparecido. Miró su mano. La que había tocado su rostro. Todavía sentía el calor de su piel.

Cerró los puños.

Por primera vez en milenios, algo le importaba. No la ambrosía.

Ella.

La mujer que bailaba con fuego. La mujer que ardía. Drake sonrió.

Sael apareció a su lado.

—Mi señor, ¿está bien?

Drake no respondió. Seguía mirando el cielo vacío.

—Averigua todo sobre ella —dijo—. Dónde vive. Qué hace. Quién es.

—Sí, mi señor.

Drake se dio la vuelta.

—Y prepara otro ejército. Esta vez no voy a observar desde lejos.

Sael parpadeó.

—¿Va a atacar directamente, mi señor?

Drake lo miró.

—No voy a atacar.

—Entonces... ¿qué va a hacer?

Drake sonrió. Pero no era una sonrisa amable.

—Voy a encontrarla.

CINCO

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Esa noche, ninguno durmió bien.

Frida permanecía boca arriba, con el fuego inquieto bajo la piel, irritada consigo misma. Cerró los ojos. Los abrió. Se giró al lado derecho. No servía de nada. Su imagen seguía ahí, impresa en el techo como una marca que no se borraba.

En otro lugar, Drake tampoco conciliaba el sueño. Pensaba en ella sin ternura. Pensaba en su postura firme, en la manera en que ocupaba el espacio, en lo poco que parecía necesitar a nadie. Y eso, precisamente eso, era lo que no lograba sacar de su cabeza.

Se durmieron frustrados.

El fuego sagrado no entiende de voluntades. Une lo que no debería unirse.

Frida caminaba por una habitación. No sabía dónde estaba, tampoco le importaba.

Llevaba una blusa. Diminuta. Casi transparente, tejida en los colores del arcoíris. Se pegaba a sus pechos como si estuviera húmeda.

Caminó sin rumbo. Sus pies descalzos contra el suelo frío.

Pero el frío no subía. Su piel estaba demasiado caliente — un calor que no venía de afuera sino de adentro, denso, sin causa aparente. Puso una mano en el muro. Frío también. Y aun así no le enfriaba los dedos.

Algo en ese sueño era distinto a otros sueños. No sabía qué. Solo que el aire pesaba de otra manera. Que la tela sobre su piel dejaba un rastro cuando se movía.

Pasó frente a un espejo.

Se detuvo.

Se miró.

Sus pechos apenas cubiertos por la tela. Los pezones marcándose. Duros.

El fuego despertó dentro de ella. No como cuando peleaba. No como cuando comandaba llamas. Este fuego era diferente. Hambriento. Desesperado. Sintió calor entre sus muslos. Humedad.

Jadeó.

Corrió hacia la ventana, necesitaba aire fresco. La pared era de tapia, tan gruesa que la ventana se abría en un hueco profundo donde uno podía sentarse — barro hecho para guardar el fresco. Se recostó contra ella, respirando fuerte. El fuego crecía. Insistente.

Sus manos fueron a sus pechos. Los tocó. Los apretó sobre la tela.

Un gemido escapó de sus labios.

No era suficiente.

Metió las manos bajo la blusa. Piel contra piel. Calor contra calor.

El placer la atravesó. Agudo. Necesario. Pero seguía sin ser suficiente. Necesitaba más. Lo necesitaba a él—

—Drake —gimió.

Él apareció.

Como un relámpago. Sin aviso. Simplemente estaba ahí. Detrás de ella. Sus manos reemplazaron las de ella. Grandes. Fuertes. Tomaron sus pechos. Los apretó.

Frida echó la cabeza hacia atrás contra su pecho y gimió. No hubo palabras, no hubo preguntas.

Drake la doblegó sobre la pared gruesa. Su pecho contra el cemento frío. Sus manos extendidas sosteniéndose.

Él levantó su falda. La tela desapareció. O nunca existió. Frida estaba desnuda de cintura para abajo. Expuesta. Vulnerable.

Abrió las piernas. Sin que se lo pidieran.

Invitándolo.

Escuchó el sonido de tela rasgándose. O quizás solo lo imaginó. Entonces lo sintió. La punta de su erección presionando contra ella.

—Hazme tuya —jadeó Frida—. No aguanto más.

Drake no esperó.

Se hundió en ella. Todo. De una sola vez.

Frida gritó.

Demasiado. Era demasiado.

Pero era exactamente lo que necesitaba.

Él no esperó a que se ajustara. Comenzó a moverse.

Duro. Profundo. Implacable.

Sus manos en sus caderas. Sosteniéndola. Usándola.

Cada embestida la empujaba contra la pared gruesa. El borde presionando su vientre.

El placer se construía. Rápido. Violento.

Frida gimió. Más fuerte.

Él se inclinó sobre ella. Su pecho contra su espalda. Su aliento en su oído.

Embistió más profundo.

Frida sintió el orgasmo acercándose. Como una ola. Inevitable.

—Drake —gimió.

Una embestida más. Exactamente donde lo necesitaba.

Explotó.

Frida despertó en medio del orgasmo. Su cuerpo convulsionándose. Su vientre contrayéndose alrededor de nada.

Jadeó. Se sentó de golpe.

—¿Qué...?

Miró alrededor. Su habitación. Su cama. Sola. Pero su cuerpo seguía temblando. El placer todavía recorriéndola en ondas.

Se llevó las manos al rostro.

Estaba ardiendo. Sudando.

—¿Qué acababa de pasar?

Recordó. La habitación. El espejo. Sus manos en sus pechos.

Él.

"Hazme tuya. No aguanto más."

¿Había dicho eso? Se levantó temblorosa y fue al baño.

Se miró al espejo.

La misma mujer. Pero no la misma.

Esa mujer en el sueño... esa que se tocaba. Que lo llamaba. Que se abría para él sin resistencia.

Que suplicaba.

Su cuerpo había respondido. Había disfrutado. Había querido más.

—Esa no fui yo —susurró.

Pero sabía la verdad.

Fue una versión de ella. Una versión escondida. Una versión que nunca dejaría salir, no con él.

Volvió a la cama, y quedó ahí hasta que el sol salió.

Drake despertó en medio del orgasmo. Se vació con un gruñido. Su cuerpo tenso. Pulsando. Cuando pasó, abrió los ojos.

Solo. En su cama.

Pero todavía podía sentirla. Apretada alrededor de él. Caliente. Perfecta.

Respiró profundo. Se sentó.

Miró sus manos.

Todavía sentía sus pechos. La forma en que llenaban sus palmas.

Todavía escuchaba sus gemidos.

"Hazme tuya. No aguanto más."

Sonrió.

Despacio. Satisfecho. No fue solo un sueño. Fue una revelación. El fuego se lo había mostrado. Lo que ella quería. Lo que necesitaba. Aunque ella misma no lo supiera todavía.

Se puso de pie. Caminó a la ventana.

El cielo aclaraba.

Pronto la vería otra vez.

Horas después, Frida estaba sentada mientras vendaba su brazo. No hablaba. No miraba a nadie. Solo miraba la venda enrollándose alrededor de la herida. Cada vez que apretaba el vendaje, sentía dolor. En el brazo. Pero también más abajo. En el vientre. Hormiguitas persistentes. El eco de ese orgasmo del sueño. Recordaba el peso de sus manos. El sonido de su voz contra su oído. Su—

Abrió los ojos bruscamente.

¿Qué le pasaba?

Él era su enemigo. El dios que amenazaba a Dakota. Que había enviado ejércitos. Que la había herido.

Y aun así...

Apretó los puños.

No podía sacarlo de su cabeza. La forma en que la había tomado sin preguntar. Como si supiera que ella lo necesitaba antes que ella misma.

Se odió a sí misma por pensar en eso. Por recordarlo. Por querer.

La puerta se abrió. Nerea entró.

Frida se enderezó. Guardó sus pensamientos en un lugar donde Nerea no pudiera verlos.

—Drake, ¿controla el fuego sagrado?

—Sí. Es uno de los pocos dioses con ese poder. —Nerea se sentó a su lado—. Con él en el campo de batalla, no podemos ganar.

—¿Entonces te rindes?

—No me rindo. —Nerea la miró—. Soy realista. Podemos pelear cien batallas más. Él traerá mil soldados más. Y si entra él mismo a la batalla...

—Terminamos.

—Sí.

Frida miró su brazo vendado. La herida punzaba. Recordó sus dedos en su rostro. En su cuello.

Cerró los ojos.

—Entonces peleamos una última vez —dijo—. Con todo lo que tenemos.

Nerea frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para que recuerde por qué no debe subestimarnos.

Aquí termina la muestra

La escena que acabas de leer fue un sueño. La de verdad llega más adelante en el libro: despiertos los dos, sin prisa, y ninguno se guarda nada. Más viva que cualquier sueño.

Jacaranda I trae esta historia completa junto a Atrapados en el Sí: casi tres horas de lectura para una tarde que es tuya.

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